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Ruptura de pareja

Si estás atravesando una ruptura de pareja es normal que sientas mucho dolor y estés afectado/a.

Tras una ruptura de pareja comienza un proceso de duelo por el que es necesario transitar para restablecer las emociones y poder nuevamente estar bien.

Cuando existe una fractura en la relación de pareja, puede obedecer a que generamos expectativas basándonoslos en nuestras necesidades de vacío emocional, de ahí vendrá entonces una ruptura sino se pone en un orden perfecto del amor.

En las relaciones de pareja no hay buenos y malos, culpables e inocentes, justos y pecadores. Lo que hay son buenas y malas relaciones: relaciones que nos enriquecen y relaciones que nos empobrecen. Hay dicha y desdicha. Hay buen amor y mal amor. Y es que el amor no basta para asegurar el bienestar: hace falta el buen amor. El buen amor se reconoce porque en él somos exactamente como somos y dejamos que el otro sea exactamente como es, porque se orienta hacia el presente y hacia lo que está por venir en lugar de atarnos al pasado, y sobre todo porque produce bienestar y realización.

 

A lo largo de nuestra vida, las cuerdas que más intensamente vibran en el interior de las personas son, sin duda, las del amor y el desamor, las del apego y la pérdida, las de los movimientos expansivos del corazón y sus contrarios de retracción.

Un anhelo no siempre completamente satisfecho y persistente en los seres humanos es vivir en el amor con un otro significativo, o, mejor, con muchos otros significativos.

Es imposible imaginar un castigo mayor para un ser humano que el de la soledad y el desamor.

Buscamos la unidad, perdida en algún lugar de nuestra mente cuando, siendo todavía niños, empezamos a trocear la realidad en pedazos de pensamiento y le impusimos nombres, apartándonos del ser puro y esencial que fuimos y al que seguimos añorando. Y la buscamos, con acierto o desacierto, en el otro.

Muchas personas esperan que su pareja las haga felices, y eso es fuente común de equívocos. Convengamos que si nadie tiene la llave de tu desdicha, tampoco la tendrá de tu dicha. La pareja por sí misma no da la felicidad. Da muchas otras cosas, y cuando estas cosas están presentes y se conjugan adecuadamente experimentamos felicidad, pero la verdadera felicidad es la conexión con el latido de la vida. A través de la pareja tendrás intimidad, sexualidad, ternura, vinculación, sentido de pertenencia, confrontación, crecimiento... Y, si lo sabes llevar bien, te acercarás a un tipo de gozo, pero la felicidad es otra cosa: es un estado. La pareja te puede dar felicidad, pero no tiene el poder de hacerte feliz, lo cual es un matiz muy importante.

Si aceptamos que la pareja no tiene que proporcionarnos la felicidad ni puede hacerlo, y nos entregamos a la misteriosa y aparente indeterminación de la relación, iremos dejando atrás fabulaciones, preconceptos e idealizaciones sobre el amor, y estaremos sin duda más dispuestos a vérnoslas con el reto que significa sumergirnos en las interioridades del «campo de la pareja», esto es, el espacio de vivencias que une, vincula, comunica, susurra intimidad y atrae luces y sombras entre dos personas tocadas por el amor o, al menos, por el deseo y la elección voluntaria de ser pareja. 

Cuando somos niños experimentamos una gran felicidad al sentir que pertenecemos a nuestra familia, sin importar si su atmósfera es alegre o tensa. Vivimos esa pertenencia como una bendición en nuestro corazón. Después crecemos y, como adultos, seguimos perteneciendo a nuestra familia de origen, pero ya no experimentamos la dulce sensación de pertenecer a nuestros padres. Ahora necesitamos sentir esa pertenencia con otras personas, especialmente con la pareja. Al comprometernos en un camino de amor, como adultos, eligiendo a un compañero/a creamos el marco para un nuevo núcleo familiar, con hijos o sin ellos, y experimentamos de nuevo que formamos parte de algo. De ahí que esperemos de la pareja la tonificante sensación de pertenecerse, de saberse pertenecidos el uno al otro; la seguridad, en definitiva, de que estamos juntos en un camino, al menos mientras sea posible. Tenemos derecho a experimentar ese sentimiento de pertenencia, pero no a esperar que la pareja cumpla todas nuestras fantasías, que apacigüe todos nuestros temores, que cure todas nuestras viejas heridas. Si ocurre algo (o mucho) de eso, será un regalo, pero como expectativa resulta excesiva. Y un exceso de expectativas puede ahogar el amor.

Cuando se produce una ruptura amorosa, lo más habitual es que se pongan en marcha muchas emociones y vivencias, algunas agradables, como liberación, sensación de esperanza o apertura, pero otras incómodas, como miedo, desestructuración, culpa, enojo, vergüenza, sensación de fracaso o pena. La mayor parte las consideramos negativas porque son difíciles de vivir y acoger, pero resultan imprescindibles para completar el proceso y salir fortalecidos. En el fondo, la más habitual y dura es el simple dolor por haber perdido al otro. Incluso en los casos en que se siente una gran liberación por salir de una situación insatisfactoria, si hubo una genuina conexión, tarde o temprano asoma el rostro del dolor por dejar lo conocido, lo que se amó, y la incertidumbre y el temor por enfrentarse a algo nuevo, más aún si la pareja tiene hijos y se derrumba su statu quo cotidiano. La vivencia del dolor es un ingrediente necesario para completar con éxito el proceso y llegar a ser capaz de crear un futuro.

Abrirse al amor en la pareja también significa hacerse candidatos al dolor. Abrimos nuestro corazón cuando podemos asumir y estar de acuerdo con que tal vez nos dolerá. De hecho, en el amor esperamos que el otro nos tratará bien, cumplirá sus compromisos y deseará nuestra dicha, pero también debemos saber que no somos niños indefensos y que nos hacemos más grandes y sabios cuando aprendemos que el otro, a pesar del amor y de la confianza, también puede errar y nos puede traicionar, y que la verdadera confianza asiente ante esta posibilidad y sus consecuencias en lugar de invertir en férreos e indignos controles.

Si al fin deviene la traición, el desamor o la ruptura inesperada, se pone a prueba nuestra estima, que consiste en saber que podremos con ello, que lo superaremos, fortalecidos y con el corazón abierto, y que estamos preparados para afrontar los retos emocionales que se nos presenten en el trayecto que ha de conducirnos hacia nuevos y felices vínculos. Además, cuando hemos sido heridos, ya no tiene sentido seguir protegiéndose. Nuestra capacidad de valorarnos a nosotros mismos, de seguir queriéndonos, se pone a prueba cuando vivimos el fracaso de una relación o nuestra pareja nos dice que no quiere continuar viviendo con nosotros o deja de elegirnos. Ahí aparecen todos los fantasmas: que ya no servimos, que no encontraremos otra pareja nunca más, que nadie nos va a querer, que moriremos, etcétera. En esos momentos ayuda saber que tenemos un valor independientemente de que el otro nos valore o no; que tenemos valor para otras personas por nosotros mismos, por el solo hecho de existir. Y, sobre todo, saber que conservamos intacta nuestra capacidad de amar y que, con el tiempo, esa capacidad encontrará un nuevo cauce en otra u otras personas.

En el mundo de la pareja, tarde o temprano aprendemos, para bien y para mal, y unos más fácilmente que otros, que en contra de lo que tal vez un día sentimos, sí podemos vivir sin el otro. Es más, que lo sano es poder vivir sin el otro, sin cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de nuestra vida y sin que el otro cargue sobre las nuestras la responsabilidad de la suya.

  • Para poder superar una ruptura es importante expresar aquello que no hemos dicho a lo largo de la relación, aquello relevante que quedó atascado, y que tal vez intoxicó el aire y nutrió los desencuentros. Si es posible hacerlo directamente con la otra persona delante, mucho mejor; si no es posible por cualquier motivo, por ejemplo porque creemos que puede empeorar las cosas, o porque se deben establecer límites precisos, podemos escribir todo lo pendiente e imaginar a la otra persona en una silla vacía frente a la nuestra y decírselo.

  • Por otro lado, es también crucial agradecer todo lo que nos ha dado la otra persona y todo lo que hemos podido vivir a su lado. A algunas personas les va bien hacer una lista de las cosas concretas que pueden agradecer. Aceptar lo que nos ha dado el otro y decir gracias nos pone en disposición de valorar lo recibido y desde ahí poder superar la ruptura, porque la gratitud mitiga el victimismo y el resentimiento.

  • Cuando podemos ver lo que nos ha aportado una relación y lo que hemos aprendido en ella, estamos en disposición de cerrarla y abrirnos a lo que esté por venir.

- Parte del texto tomado del libro;  "El buen amor en la pareja"